SOCIEDAD DE CRISTAL

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Por Omar Lara

‘No olviden que, a pesar de todo lo que les digan, las palabras y las ideas pueden cambiar el mundo.»

Estas líneas extraídas de la película de la “Sociedad de los Poetas muertos” parece que mueren lentamente entre una cultura débil, vacía y que tiene que ser políticamente correcta.

Cada generación tiene que afrontar retos y sucesos inesperados, cada generación muta y aprende a adaptarse a las diferentes formas que la humanidad va condicionado, los jóvenes de ahora son iguales o mejores que los anteriores, los avances tecnológicos, la cantidad de información que manejan, el acceso a medios que jamás la humanidad pensó tener, los llevan a disfrutar un gran conocimiento de su medio, pero hay un problema, esta generación de jóvenes tiene nula tolerancia a la frustración y al fracaso.

Esta generación no solo parece de cristal como es mencionada coloquialmente, sino que también se convierte a pasos agigantados en una generación desechable, bajo la premisa que del “deber ser está ligado estrechamente con el deber hacer que la sociedad dictamine”, cuando las cosas no resultan de la manera que el joven o la sociedad desea se refleja inmediatamente en frustración y se ve envuelto en una excusión social tan frustrante para el ser humano.

El Papa Francisco se refiere a dichos fenómenos en la Encíclica Evangelii Gaudium, en la que señala cómo la persona al aceptar la dependencia absoluta a la tecnología, la moda, el consumo en un mundo posmoderno, se vuelve vulnerable cuando su dignidad, “creada a imagen de Dios, está siendo profanada, al ser el mismo ser humano considerado bien de consumo que se utiliza y luego es desechado” , dando lugar a una nueva forma de desarrollo la “globalización de la indiferencia”, hecho que favorece la exclusión y afecta así el sentido de pertenencia al núcleo social; simplemente la persona queda fuera, marginada en la periferia destinada a engrosar los cinturones de pobreza.

Se está perdiendo el sentido real de la vida, el consumo distrae las conciencias, la reflexión real e interior se pierde en el ruido de la cotidianidad, ante ello el hombre cae en un vacío existencial y simplemente se convierte en parte de las masas.
Si queremos evitar eso en nuestros hijos, ellos deben tener una misión en la vida, encaminada a la vida práctica y espiritual que convergen en todo ser humano, debemos de hacer del uso del mundo y las costumbres de forma prudente y no como fin vida, la conducta se debe de regir por principios y no por medios, el ser humano no solo debe saber hacia dónde va, sino que debe tener claro los caminos de llegar a ello.

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